Huyendo a contra viento

¡Huye abandona a la yegua, él nos observa!

Sigo agazapada, la aurora alerta a los alados animales que comienzan la estampida normal, como si el día fuera sólo para disfrutarse, es el momento para desaparecer, a lo lejos se mueve la yerba, es ella montando una yegua, ¡Cuán estúpida es la ignorancia ante el peligro!

Me pide de lejos que la siga, tan sólo con mirarnos nos damos cuenta, ambas ahora estamos en peligro, desmonta y golpea con fuerza las ancas del corcel amigo de muchas rondas y viajes. Observamos su galope con los nervios crispados, el cazador sólo ve una montura ausente.

A lo lejos observa al árbol de la confianza, Deben llegar hasta ahí para tomar la bifurcación y eludir al rabioso cazador. las fuerzas se agotan, el tiempo tambíen; correr o morir. Una de ellas logra rodear al añejo cedro y observar con dolor el cuerpo herido de su compañera, quien entre la hojarasca le suplica siga, se pierda y no mire hacia atrás.

En la alforja están los huesos de la ballena marcados por la sangre de la primera, hoy parece otra dadora de magia, otra ingobernable hechicera.

Hechizo de ave

Escondida entre las ramas cerca de un árbol

El viento trae hasta mi el agrio aroma del sudor del hombre que nos persigue, no puedo moverme hasta el amanecer, todas las aves que se encuentran en las ramas del árbol saldrían en estampida al más leve movimiento.

La dirección del viento me favorece, igual el excremento de las aves, ocultan el olor de mi miedo; no es lo mismo el aroma del cuerpo después de un día de faena productiva o entrega placentera, que aquel que emana de un ser aterrorizado.

Somos su carnada, todo cuanto hemos descubierto pone en peligro su nueva maniobra de caza; muchas lo saben pero se arriesgan, cada táctica expuesta, resulta adorable, hasta que tienes frente a ti al humano que gobierna los actos y decide por tu vida.

A más de uno hemos hechizado, de cazadores se han convertido en presas pero no siempre es posible, no siempre conviene. Nuestra arma no roba la vida de nadie, transforma a los que se reconocen en ella, les da aliento para celebrar el dulce asombro de la vida, pero ellos necesitan carne de doncellas y a nosotras muertas.