La más cruel de las tragedias


Mirar al pasado, no nos cambia como humanidad

hasta ahora es así, somos viscerales, defendemos al grupo que nos sustenta

tenemos apetitos y deseos, de esta forma colocamos nuestra huella en la tierra,

a veces logramos que llegue más lejos

A lo lejos vemos entre la bruma una  pequeña población, un sitio donde los charcos de lluvia se han vuelto escarcha y con el paso de las horas hielo. Ante los ojos de nadie se observa en el total abandono un cuerpo que yace en el suelo, cerca de un tiradero de basura, solamente el despojo que yace herido puede percibir en la distancia el barullo y risotadas de varones y risas de mujeres, con la respiración entrecortada se escucha su dolorosa queja:

— ¡No soporto más este hedor a vómito y desechos de comida, oh!

Su rostro desfigurado por la sangre que emana desde su ceja derecha, le impide una visión clara del entorno, su pesadumbre es impresionante, no sabe si el dolor de su ignorancia es más fuerte que el de su cuerpo herido, infructuosamente intenta levantarse en varias ocasiones sin conseguirlo, el dolor en el costado le recuerda el golpe seco de la patada que recibió una vez que lo tuvieron en el suelo.

Cierra los ojos apesadumbrado y recuerda cada detalle con rabia, incluso llorar es incómodo las heridas arden. 

— No puede ser, era mi esperanza pero me he equivocado totalmente. Dice para sí el sujeto herido.

Cada imagen resuena en su memoria con claridad, a lo lejos escucha la voz rasposa del bruto que alardeo:

— ¡Eres un imbécil como te atreves a venir con ese estúpido cuento! ¿Qué te ha hecho pensar que pondremos a tu servicio nuestro tiempo y dinero en esa descabellada aventura?

Recordó cuando otro hombre en el fondo de aquella taberna le gritó:

— Eres tan testarudo como el skidespræller (insulto danés), de Nydam, en lugar de venir a dejar su dinero para disfrutar de estas bellas, lo dedica a imaginar estupideces tan grandes como las que tú dices.

Un tercer hombre tenía a horcajadas a una mujer de carnes flojas, algo regordeta y con pesar el hombre recordó la forma como frotaba sus manos en los senos desnudos de aquella mujer, delante de todos, al tiempo que decía:

— Aquí es donde el dinero tiene brillo, esto no son falsas ilusiones…

Llegó a su memoria como una ráfaga la forma como alguien a sus espaldas entre  la confusión que ofrecía tal espectáculo, lo jaló con fuerza de los cabellos arrastrado su cuerpo  afuera de ese lugar, a ese hombre se unieron otros más y lo golpearon sin piedad, lo tomaron por las piernas y los brazos y lo tiraron en ese lodazal nauseabundo.

Las risas, fueron desapareciendo y la noche cubrió aquel sitio, sus intentos por levantarse eran en vano, las quejas del Maestro se dejaron escuchar:

— Lo único que viene a mi mente es que esos hombres me han golpeado porque me temen, no desean que lo que digo pueda interesar a algunos, se quedarían sin hombres que los ayuden a pescar para hacerse de dinero y gastarlo ahí.

De pronto un aroma tenue y delicado, fresco y muy agradable invadió el ambiente, resultaba del todo incomprensible para el Maestro, cuya mirada no era clara, solo lograba ver entre brumas, aquello no tenía explicación, hasta que escuchó una voz que provocó que su rostro se iluminara:

— Así que debo entender que tengo el privilegio de haber sembrado en tu cabeza la idea más impresionante que se haya escuchado jamás…

— Señora, usted me inspira

Hubo un silencio que se prolongó más de lo esperado, resultaba incómodo, el Maestro no podía ver el rostro de aquella enigmática dama, por supuesto que la recordaba con impresionante claridad, su memoria no la olvidaba, desde aquella vez que la tuvo frente a sí en el mercado. Su corazón se aceleró a un ritmo impresionante, pero no se atrevió a decir nada, solo espero atónito su respuesta, aunque le hubiera gustado mirar la impresión que causaron sus palabras en ella.

— Muchacho, esos hombres no te temen, te desprecian, tanto o más que a Nydam, ¿Entiendes?

— Sí me di cuenta…

— Cierra los ojos. Pidió con firmeza la señora a quien él relacionaba con Freyja, pero no se atrevió a preguntar si en verdad era ella.

Con docilidad cerró sus golpeados ojos, esperando sentir de nuevo la mano de Freyja sobre su pecho; para su sorpresa, su tacto se poso sobre sus ojos, el delicado aroma que despedían y lo fresco de su caricia, se tornó en el más curativo y delicado de los elixires; cuando la dama retiró su mano, presuroso abrió los ojos, su mirada le permitió  ver con asombrosa claridad el entorno, busco desde aquella posición incómoda a la mujer, mirando a un lado y otro, pero no la encontró. 

Poco a poco el fresco aroma se fue apagando para encender en el rostro del Maestro una sonrisa agradecida. Esta vez no la buscó con impaciencia y desconcierto, se dio cuenta que así tenía que ser y no de otra manera.

Su cuerpo se llenó de una vitalidad inusual dadas las circunstancias en las cuales se encontraba, tuvo fuerza para incorporarse poco a poco y alejarse para siempre de aquel sitio. Camino con dificultad hasta el granero donde un campesino le había ofrecido en pasados días un rincón para dormir.

Definitivamente le costó mucho trabajo conciliar el sueño aquella noche, fueron demasiadas emociones para un solo día, pero antes de caer rendido por el cansancio exclamó:

— ¡Debo conocer a Nydam, hacerlo mi aliado!