La más despreciable mazmorra


por Ariadne Gallardo Figueroa 

“No hay espacios propios sin la complicidad del otro”

El Mensajero

La sacerdotisa del templo de la Luna meditaba sobre lo que habría que suceder o llegar por el camino del agua profunda; cuando un varón con tocado de plumas en su cabeza se acercó a ella con una sonrisa de complicidad:

  • Ometeotl vibre en tus sueños, señora. Veo que has completado tu tarea de liberación.
  • Así es, Ocelotl es su guía para los otros su raptor
  • ¿Tu vara ha señalado algo que no esperabas?
  • No logro ver en el profundo horizonte, pero seguro algún desesperado ha visitado a la señora de mi templo y su inquietud ha de ser tal que no quedó impasible ante su presencia.
  • Los momentos llegan en los tiempo que son y no en los que nosotros deseamos.

Ambos se observan con miradas reflexivas, la noche daba paso al alba la vida seguía para pies alados gracias a la destreza de la mujer que cambió su destino para siempre.

La sacerdotisa señala: No logro ver en el profundo horizonte, pero seguro algún desesperado ha visitado a la señora de mi templo y su inquietud ha de ser tal que no quedó impasible ante su presencia.

Más allá del horizonte un grupo de desgraciados pelean por permanecer vivos hasta al siguiente luna, con la esperanza perdida y su futuro en la horca.

Se escucha el chillido de una rata…

  • ¡Malditos animales están tan hambrientos como nosotros, coño!
  • ¿Oye, qué mierda te trajo aquí, a quien le clavaste fierro en el gaznate?

Los reos miran con desconfianza al grupo de nuevos que recién han  llegado, se dan cuenta que al gendarme le importa poco que el espacio sea reducido, todos son carne de horca o morirán en la podredumbre atacados por las fauces de las ratas.

El varón de tez morena y barba trenzada no contesta solo los mira con asco y rabia, la misma forma como los otros lo hacen:

  • Vos debes ser hijo de un al-Majus

Otro de los hombres con actitud desafiante le espeta:

  • El mismo que ha de haber violado a otras tantas, dejad en paz, si volvéis a armar lío nos vuelven a dejar sin esa mierda que nos dan por comida.

El hombre robusto y con la peculiar barba con voz ronca responde entre dientes al grupo:

  • El barco donde navegaba se vendió a los cristianos, el Capitán me bajo a patadas cuando le dije que yo prefería mi libertad que besarle el culo a esos por plata.

La mayoría se destornillaba en risotadas burlonas, entre comentarios de lo más variopintos:

  • Valiente libertad te has ganado al-Majus
  • Valga al menos yo me eché al  filo de mi espada a más de tres cristianos, Dios no los ha de tener en Gloria, directo al infierno habrán ido a parar.
  • Callaos, ahí viene el hijo de perra del gendarme y  no viene solo.

El carcelero se acercó gritando:

  • ¡Más de un desgraciado hoy tendrá suerte este hombre que me acompaña os  llevará al infierno!

Hubo un silencio tenso y la mirada de escrutinio de un emisario de quien sabe quien que los miraba como carne pero no precisamente para la horca; iba señalando a los que veía más fuertes, al tiempo que el carcelero les instaba a levantarse y salir de la mazmorra en fila.

Entre ellos iba el al-Majus que la noche anterior por la rendija de ese sitio de porquería había notado el brillo de la Luna y le había rogado que todo terminara o sus dioses lo liberaran o rescataran de la inmundicia.

Nunca sabremos cuál infierno es peor en medio de la desolación, pero con el viento del mar a favor todo podría ser diferente.

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