El acuerdo secreto entre la Luna y el Sol en las tierras nuevas del norte


“Tendrás mensajes del futuro pero no el que lees en los gajos de un fruto, ese que es en verdad lo que vendrá”

El Mensajero

Por Ariadne Gallardo Figueroa

La sacerdotisa miró con cuidado sus herramientas para descubrir lo que su cuerpo presentía, eran mensajes diferentes a lo antes recibido, era el momento de entender que a veces hay acuerdos estelares que desconocemos, que solo podemos sentir y sorprendernos y que marcan el inicio de algo rotundamente nuevo.

Con ágil maniobra tiró sus varas y adivino lo que ellas decían, ahí estaba de nuevo el sentir amigable de Ometeotl, entendió el misterio de un compromiso de esos que son difícil de romper por que no provienen del que te mira de frente, sino de aquel que aún no conoces y que posiblemente marque la pauta de tus pasos y tus metas. 

Sabía que sus preguntas serían capaces de cambios totales, esos que no verían tus ojos en el futuro que se proyecta en ese ser por el simple hecho de que eres quien le permite caminar por tu sendero y gobernar con la verdad lo que toca.

Alejada de toda aquella concentración e ideales, con el corazón en vilo Painani sigue su camino, los pies adoloridos y el alma quebrantada por el temor de lo vivido recientemente, las arenas dieron paso a las rocas que tuvo que sortear con paso cuidadoso vendando sus pies con la piel de los peces que le sirvieron de alimento.

Observó el horizonte que dejó atrás, el norte que no era el mismo que su tutora observaba, pero al final de cuentas un sitio que fue el ombligo que la vio nacer y que no vería nunca más, suspiro con el temor de no entender que le esperaba y al mismo tiempo alentada por los nuevos amaneceres que intuía.

El cóndor observa atento al hombre del sur…

Nada de lo que sabemos nos ayuda a entender lo que no conocemos pero hay seres que cruzan la selva con ánimo diferente y uno de ellos era el hombre del sur:

Él logra crearse una visión favorable de sus aciertos, ninguno de ellos le dará certidumbre, sus juicios de valor  ya no están atados a los de un grupo, viaja solo con sus propios recursos  y sus decisiones hablarán por él, nadie más lo hará.

El cielo mostró su furia implacable y pudo penetrar en la fortaleza que le ofrecía una cascada, alegre recibió el baño más fascinante del camino y meditó para sí:

< A veces nos toca estar donde no tenemos que demostrar a nadie lo buenos o talentosos que podemos ser, hoy disfruto sin tener que dar razones de mi camino a nadie y eso me hace feliz>

Para el hombre del sur pensar como el grupo casi siempre era un agobio, ahora en sus momentos de soledad en aquel inmenso paraje todo era diferente, competir por ser el más fuerte, el mejor, el que tuviera la razón y el que se apegaba a las decisiones del grupo, ya no era necesario.

Pero esto no sería para siempre sus tiempos y horarios se verían fragmentados por aquello que lo esperaba, su destino no era la ermita, sino un vasto valle poblado de otros donde su vida tendría sentido, pero él aún no lo sabía.

El mundo espera que seamos lo que se necesita de nosotros, sólo la justa rebeldía nos hará ser lo que somos y preservar la independencia.

Composiciones de la autora con ayuda de la herramienta libre de filtros de PicsArt

Nota de la autora: los gajos de la fruta se refiere a los meridianos de la Tierra.

Fotografía de la autora “El Cóndor en las nubes”