La vida teje sutiles encuentros, otras veces no


Mientras tanto en la casa del mercader en aquella apartada población polaca, crecía la incertidumbre, los bienes de algunos  dejaban de serlo y lo que se podía compartir no era mucho, sin embargo la mujer de aquel buen hombre también era una emigrante de origen ruso y eso les facilitó en gran medida la comunicación a las dos hechiceras que se sintieron en un entorno donde el diálogo y la vida fluía.

La mujer del mercader dispuso y organizó unos trabajos para que ellas pudieran sentirse productivas, y les dijo:

Mем, кто продает полезные вещи, всегда нужны руки (para quien vende cosas utiles, siempre hacen falta manos)

Ave y Estrella se sentían cómodas y alegres de poder entender lo que ella les platicaba,  la mujer del mercader se llamaba Gala y definitivamente hacía honor a su nombre ya que era una mujer de mirada serena y de modales tranquilos en todo momento.

Tenían una hija mayor Esfir, le gustaba hacerles muchas preguntas y le entristecía saber que ellas no habían conocido a su padres. Era buena en la alfarería y eso ayudaba mucho a sus padres y ahora contaba con dos aprendices.

El mercader, padre de Esfir, sabía perfectamente que no era fácil para las recién llegadas integrarse al pueblo, así que tomó la iniciativa y les dijo:

— Vamos a decir que son parientes lejanas de mi mujer, así evitaremos preguntas de los otros pobladores, como ya no han dicho ustedes tienen una tarea que cumplir, pero su vida será más llevadera si dejamos claro eso para los que no saben nada.

Estrella tomó la palabra y señaló:

— Jedrek, es en verdad una afortunada noticia para nosotras, que ustedes nos acepten con tanta calidez.

Gala las miró con una sonrisa y las llamó a comer al momento que les dijo:

— Queridas mujeres, entiendo todo, yo también vine de lejos y de no ser por Jedrek mi vida no hubiera sido fácil, así que sientanse tranquilas que llegará el momento para seguir adelante, juntos encontraremos el modo.

En un alejado lugar del norte alguien más también compartía un trozo de carne y se disponía a contar la travesía que había bloqueado la oportunidad de crecer y aprender dentro del Clan del Hechizo de Ave.

Fuego lo miraba con atención, el momento de desentrañar la realidad que ahora los volvía a reunir. Tal como era su costumbre, puso la pata en el hombro del lince y lo instó a  poner palabras en su mente, a explicarse lo mejor posible. El felino miró a su alrededor y señaló:

< Es impresionante que el mundo no te haya alejado del lugar donde echaste raíces, realmente no se  si lo planeaste de esa forma o fue la muerte quien lo dispuso >

La hechicera bajo la piel del zorro lo miró con profunda melancolía y gimió reflexiva:

< No soy la que tiene que dar explicaciones, vamos dime, ¿En tu caso la muerte dispuso tu alejamiento? >

El lince se acomodó rascándose el hocico con la pata y señaló:

< No, fue hasta momentos antes de morir que la vida me premió con recibir en el último aliento y ante la mirada  del felino que ahora soy,  de un momento de lucidez. Ahí fue cuando recordé el llanto de un niño en medio del fuego en aquella comarca, después hubo un silencio y el cedro que  se encontraba en medio del poblado se desplomó debido al fuego que avanzaba y me cayó encima de la pierna… Una piedra fue catapultada por una rama del gigante cedro y me hizo perder el conocimiento. >

La hechicera en el cuerpo del zorro, se echó y colocó una pata delantera encima de la otra y agachó la mirada pensativa:

< Posiblemente el llanto que escuchaste era del niño que rescaté, a quién nombré Maestro, le pedí que callará para que no nos descubrieran, era el sonido más persistente en medio de aquella desolada devastación. 

Estás hablando de muchas lunas y soles atrás, estás hablando de cuando éramos dos jóvenes en ese poblado, necesito saber qué estropicio hizo la piedra en tí para mantenerte en la sombra >

Ambos se miraron con la entrañable certeza de que la vida siempre creaba situaciones inesperadas, donde lo que no sería, pese a todo les daba una nueva oportunidad.

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