De las cinco hechiceras una de ellas se encontraba en el Valle del Nilo, área que más adelante conoceremos como Antiguo Egipto, solamente lograba comunicarse de forma sensorial con la mujer a la que consideraban líder, pese a que ella no consentía en esa investidura y las sentía a todas por igual y con aptitudes y cualidades diferentes pero fuertes y entregadas.

Otras dos marcharon juntas en busca de la mujer que tendría cualidades para dirigir a otros y ayudarlos en sus batallas contra la injusticia, hacia un sitio que habitaría un pueblo conocedor de artes y ciencias, del cual solo  se sabía que pertenecía a la edad oscura de Hélade; en el umbral de la cueva permanecen la cuarta y quinta hechiceras, ninguna tiene “nombre de pila o estirpe”, ellas se reconocen por sus cualidades y rostro, sus facultades para transmutar y entenderse por telepatía, no necesitan definirse por la herencia  o estirpe de nadie. Las hemana el hechizo del ave y es suficiente.

No importa hacia dónde se dirigen, ellas confían en medio de la más profunda oscuridad en lo que saben, su intuición las mantiene unidas, entienden  que hay un espacio que podría cortarse para siempre y aún así y en plena conciencia de que jamás volverán a verse, ni estar en el mismo lugar, su hermandad las llevaba hacia el reconocimiento de un mundo nuevo, al que tendrían que descifrar y enseñar a otros y otras, a entenderlo y moldearlo con su visión e inteligencia.

La alquimia poética de las luciérnagas les acompañó esa noche

Vivir desde el amor, implica tener conciencia del final de uno como ser individual y poner en perspectiva donde está la vida para probar los límites; llegar a esta verdad a muchas de ellas les había costado lágrimas de amargura, cuando experimentaron la crueldad del que desea poseer, avasallar, imponer y decidir quién debe ocupar una jerarquía por encima de los otros.

Eran afortunadas que sus madres las dejarán en la morada del maestro, ese hombre de mirada feliz que amaba sus cosechas y pudo protegerlas de caer en manos de los hombres que miraban en ellas la  posibilidad de mantenerlas embarazadas para formar ejércitos poderosos con su descendencia.

La quinta hechicera jamás olvidaría el doloroso momento cuando les cerró la puerta de su aldea y les grito, “Huyan por sus vidas, la muerte acecha”, ella sintió una inmensa pena cuando lo vio soltar amarras a su navío y alejarse, sintió rabia de que no las defendiera, de que no se quedará a morir por ellas. Ahora entendía la razón y sentía una enorme felicidad, el amor es libertad, es reconocer al otro como parte tuya sin poseerlo, llevarlo dentro como un hechizo trascendente.


Detrás del tronco de cedro la hechicera medita y calcula cada movimiento, entiende que el cazador no es capaz de ver más allá de aquello que desea poseer y controlar, no ve lo que puede aprender de la fuerza que son todas ellas, hay un legado que entregar al mundo donde podemos co-existir todos, aniquilar aquello que no se comprende es absurdo.

Ella es la quinta, ha permanecido viva gracias a su pericia, lleva consigo el compromiso de preservar lo que importa, lo que lleva siglos en nuestras raíces y sangre; su destino será hilvanar el mundo material al desconocido.

La observo de lejos se que ha de tenderle una trampa al esquivo cazador que se ha separado del grupo para encontrarnos, atento al sonido del viento, lo veo en las distancia haciendo un ato de plumas de pájaro a sus flechas, sabe que necesita distancia y buena visión para atraparnos. Lo que desconoce es que es el hechizo de aves lo que nos da la fuerza para vencerlo.

Es bajo el hechizo del ave que será vencido

Me doy cuenta que debo escapar de la ira que esta a punto de desatarse, la tormenta, aviva el poder del fuego, tal vez ahora se de cuenta de qué estamos hechas; el apacible bosque ilumina el rostro de la más anciana de todas, la ira crece, la vida perece. Huimos por caminos distintos, fuego y compromiso se enfrentan al total desconcierto.

Fotografía de La rabia encendida de Ariadne Gallardo