La abundancia, el mejor regalo a compartir

“Hay historias que no se pueden contar sin la religión, hay religiones que no existirían sin los creyentes, eso es lo que hay, si eres capaz de mirar con claridad podrás entender que es lo que puedes cambiar”

El Mensajero

Por Ariadne Gallardo Figueroa

El camino hacia Tenochtitlán no fue fácil para los recién llegados, el entrenamiento de largos trayectos a pie era una de las facultades de los mexicas, los pueblos que habitaban al otro lado del ancho mar utilizaban la ayuda de caballos para lograr esta actividad, sin embargo, los movía el entusiasmo y la inteligencia de los hombres que con gran agilidad les ayudaban en el trayecto.

Patricio que siempre se adelantaba para poner los asuntos mundanos por delante empezó a preguntar con mímica los nombres de las cosas que los rodeaban, realmente no era sencillo para Dayami seguirles el paso y ella necesitaba de cierta calma en el cuerpo de Zila para poder comunicarse, Patricio odiaba depender de tomarse de las manos en grupo, tampoco resultaba sencillo organizar un círculo improvisado para relacionarse con su traductora y por tanto se propuso aprender durante el viaje lo que le fuera posible de aquella extraordinaria lengua desconocida del todo para ellos.

Por supuesto que los demás le siguieron el paso y bien podemos pensar que el mejor entrenamiento que un hombre puede tener en una caminata de largo trayecto es su entusiasmo por el aprendizaje de algo nuevo.

No fue fácil para todos, en el caso de Javier las cosas se complicaron, sus piernas se cansaban con más frecuencia y la rodilla le empezó a molestar y fue un buen momento para indagar la flora endémica del sitio por parte de Evaristo que en pocas horas le tenía una pomada de toloache que resultó de gran ayuda.

Uno de los hombres de origen tlaxcalteca que iba en el grupo sintió gran alegría al momento que pudo repetir algo que mencionó Diego en lengua castellana:

“Estamos hechos de estrellas”

Avanzar en un un mundo nuevo resultaba divertido, azaroso y deslumbrante, cada espacio y todos los paisajes recargaban las energías de los recién nombrados Señores de la Luz; el mundo les ofrecía una nueva oportunidad tanto a los de casa como a los recién llegados de aprender juntos y no lo desperdiciaron.

Compartían un regalo de abundancia, entender las creencias que ellos habían abandonado y las razones por las cuales lo habían hecho, definitivamente ayudó a los mexicas a comprender el valor  de una creencia vista desde la mirada del poder y se dieron cuenta que lo que ellos vivían no era del todo diferente.

Los unos y los otros resultaron ser magníficos maestros de sus propias culturas, compartieron la fuente del saber y reconocieron los iluminados la noción central de la escuela de Erandi en todos ellos.

Reconocieron la fuerte disciplina que ella imponía en cada una de las tareas que les ponía al frente y se dieron cuenta que conectar los unos con los otros resultó ser una tarea unificadora y un logro en sus vidas.

Cuando nadie te ha dicho que el que tienes enfrente es un enemigo y tienes la oportunidad de conocerlo, te darás cuenta que frente a tí hay un ser humano que es tu reflejo y no verás antagonismo y tampoco odio en sus palabras. Pero llegarán otros cuya educación y tradiciones les han impuesto un reto: Aniquilar, borrar al que es diferente, señalarlo como distinto y aborrecerlo, pero eso sucederá años más adelante.

Notas de la autora:

Paisaje del Valle de México:

De José María Velasco – http://www.soumaya.com.mx/navegar/anteriores/anteriores06/agosto/clausell.html, Dominio público, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=3932316