¿Quieres la verdad? Aprende a dudar

“Al final de toda pesadilla la luz creativa surge y todo cuanto te muestre podrá ser analizado con la justa medida de tus anhelos; todas las cargas que pesan pueden ser valoradas y en quienes confías, ahí pon tus palabras; habrá quienes ofrezcan futuros promisorios, solo tu experiencia te ayudará a reconocer su valía o falsedad. Eso no es fácil, será un reto cada día”

El Mensajero

Por Ariadne Gallardo Figueroa

Una noche más en la barcaza mantenía a los compañeros de viaje, irritados, el poder de la luna no solo les mantenía expectantes de lo que les habían anunciado, sino que en sus pensamientos surgían dudas y desconciertos.

La pesca con la nasa que dispuso Diego fue mala, pero de la nada varios peces alados cayeron en cubierta y fueron preparados por Evaristo con los jugos de los limones y la sal que guardaban con especial cuidado.

Timoteo en otras ocasiones hubiera lanzado oraciones de agradecimiento a su Dios, por recibir la bendición de esos peces en momentos de hambre pero no fue así en esta ocasión, los otros tres creyentes no decían nada pero notaba algo diferente en él.

No hubo necesidad de preguntas, al caer la noche el propio Timoteo se adelantó en la charla bajo la tenue luz de la luna que realmente ya no alumbraba:

-Hermanos, hace algunas noches que no levanto mis oraciones al cielo por todos ustedes y sé que no se debe a ninguna clase de distracción, algo me dice que no necesito implorar a un creador que nunca veo por el bienestar de todos nosotros.

Hubo un silencio incómodo y los tres creyentes que junto a él habían armonizado con las creencias de los otros respetando sus formas de ver el mundo se miraron unos a otros sin decir palabra.

Timoteo volvió a hablar después de dar unos mordiscos a su  trozo de pescado:

-Siento que no es necesario ser señalado por el cielo para actuar con justicia y hacer lo correcto, no siento que si dejo de orar seré castigado con el infierno. Por primera vez en muchos años me siento dueño de mi mismo y de todo cuanto sé.

Entiendo que la luz que nos ha iluminado no es un dogma, no es una creencia es la fuerza que nace de lo que somos, todo lo que se encuentra dentro nuestro y comprendo que si yo explicara esto en un sitio de rituales, sería señalado y castigado, no necesito decirle a nadie lo que soy, simplemente lo soy. Se lo digo a mis amigos los que no me van a juzgar y no me van a condenar.

Javier asintió y agregó:

-La fuerza de la naturaleza nos ha permitido ver una clase de magia que todos hemos sentido, no eres el único amigo, pero lo has explicado mejor que ninguno de nosotros.

Zila les habló con entusiasmo:

-¿Recuerdan mi admiración por la ballena que nos cargó en su lomo por un rato en estas aguas profundas y desconocidas para todos nosotros? Para mi pueblo representa la viva imagen de la guardiana de nuestras tradiciones, para otros pueblos posiblemente solo sea eso una ballena surcando los mares, te entiendo amigo, ningún ser vivo demandará de ti otra cosa que no sea respeto y no te verá como algo ajeno.

Posiblemente es lo que  hemos sentido en este sitio, la voz del horizonte, del paisaje, del momento. Esa fuerza de los seres que nos acompañan que vivieron para entenderlo atravesando la pesadilla de haber muerto y que están aquí, Dayami es un claro ejemplo.

Evaristo distribuía los sorbitos de agua de lluvia para cada uno de sus amigos cuando advirtió:

-Tal vez lo más difícil de todas las tareas sea creer en nosotros mismos, siempre hay quien decide que es lo mejor o que ley no se debe romper y terminamos siendo lo que otros nos han dicho.

Jacobo cuyo significado lleva en su nombre una señal que debemos recordar y que es “El que sostiene y protege la luz”, aclaró su voz y apuntando con sus dedos índices para concentrarse al hablar:

-Yo se que mi nombre determina lo que soy y no fui yo quien lo decidió, hay cosas que nos marcan y nos motivan, pero creo fervientemente que lo que nos ayudará a cumplir con nuestras tareas es precisamente eso que dice Evaristo, creer que el mundo puede cambiar, que somos instrumentos de ese intento y no podemos fallar.

El grupo de los ocho entrañables amigos levantó al mismo tiempo sus brazos y el silencioso instante en mar abierto se vio anegado por el grito solidario de todos ellos.

A veces no es necesario reconocer que has cambiado, pero para los que te conocen será una clara señal de confianza y motivo de alegría.

Notas de la autora:

Fotografía de la autora “Los peces volaron a la barcaza de los iluminados”

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