Tus palabras serán tu escudo y emblema

“Tus creencias puede generar un lazo con los que creen lo mismo que tu y una barrera con aquellos que no piensan igual; dependerá  en gran medida de aquello que te une a los otros que logres respetarlos como iguales”

El Mensajero

Por Ariadne Gallardo Figueroa

Timoteo, era uno de los creyentes del grupo de los 8 náufragos, su nombre de origen griego, Τιμόθεος, “timáo-theós”, cuyo  significado es “Aquel que siente amor o adoración a Dios”. Le daba cierto aire de misticismo en  todo cuanto hacía y decía, en verdad era un hombre de pocas palabras y cuando hablaba, cuidaba mucho que cada una de ellas tuviera una contundencia especial, él sabía que era una de las formas cómo sería recordado y cada frase sería su escudo y su emblema.

Cuando le dijeron que la noche siguiente a él le correspondía contar una historia de esas que son fabulosas, Timoteo se echó de hombros pues pensó que lo que él tuviera para contarles no sería tan divertido como lo que los otros habían dicho, así que se lo tomó con calma, aún tenían un largo camino por recorrer y él sabía perfectamente que nada de lo que sucediera iba a ser tan fascinante como para despertar su imaginación y poder mantener atentos a sus compañeros con una charla llena de aventuras o pasiones encendidas. Aún faltaban muchas horas para que se encendiera de nuevo la fogata con los 8 alrededor.

El camino no fue fácil tuvieron que cruzar una cañada y el río estaba bravo ya que se habían enfrentado a las  crecidas debido a la época de lluvia, el croar de ranas resultaba espectacular, posiblemente ninguno de ellos había escuchado ese fascinante sonido en años.

Timoteo se alegró, con tanta leña húmeda posiblemente se escaparía de tener que contarle al grupo una historia aquella noche, pero Evaristo que tenía talentos especiales con un poco de trabajo, termino por  hacer chisporrotear la madera y finalmente consiguió un fuego que pudo mantenerlos calientes y de paso hasta secar sus ropas.

Evaristo prepared a bonfire surrounded by stones

Una fogata rodeada de piedras en el fondo de una zona baja entre las lomas, les dio fuego para la cena, piedras calientes para dejar la ropa y esperar que secara y sobre todo el mejor escenario para alentar el relato de Timoteo.

El atractivo hombre de mirada esquiva se aclaró la garganta y se llevó la mano a sus cabellos pelirrojos y alborotados por la lluvia de los días atravesando aquellas lomas y en ese momento entendió que no habría santo a quien orarle para evitar el relato.

Entonces señaló la tierra húmeda y dibujo un pequeño círculo, todos los demás estaban expectantes de lo que tenía que decirles, después de un rato apuntó:

-Hubo una vez que entre los hombre de Dios era necesario creer en sus milagros, la gente se había vuelto desconfiada, ya que los monjes se habían dedicado a re-escribir las sagradas escrituras y no era lo mismo lo que te habían contado a lo que quedaba en los papeles con letras que no todos podían leer.

Entonces un anciano del pueblo que pedía monedas o comida para vivir en la puerta de un templo, acostumbraba decir a todo el que se acercaba a socorrerlo con lo que tuvieran en mano:

<Gracias humano que tu fe sea devuelta en milagros>

La gente no entendía cómo sería posible esto, porque hacía mucho tiempo que no veían que los milagros sucedieran. Un día enfermó el buen hombre y la mayoría de la gente que le daba algo para comer o comprar pan, se preguntaron unos a otros que le había sucedido. Muchos de ellos eran creyentes y otros no, pero le habían tomado afecto al hombre que tenía fe en que los milagros eran ciertos.

Aquel día el párroco del pueblo tocó las campanadas y después salió al atrio y le dijo a los que estaban avanzando hacia la iglesia, mejor vámonos de aquí, el buen hombre que se queda en la puerta de la iglesia no ha venido, regalemosle la misa de hoy en la choza donde vive, y a todo el que se encontraban en el camino hacia la iglesia le decían que diera vuelta atrás y les acompañará ya que el párroco decidió que ese día la misa se daría en la humilde choza del anciano.

Cuando Llegaron hasta su humilde morada, se dieron cuenta de la gran pobreza en la cual vivía y le ayudaron a calentarse encendiendo el fuego, le convidaron con panes y le alegraron su tarde con la misa que el párroco ofreció en ese lugar.

El anciano dijo con humildad:

-Gracias, queridos todos, que su fe los envuelva en el milagro de compartir esta noche, se que muchos no creen y otros son parte de la fé del Señor.

Ciertamente el milagro fue que por amistad al anciano todos, creyentes y ateos, se reunieron juntos ese día en una agradable convivencia.

Con el paso de los años la iglesia se hizo vieja y tuvieron que demolerla, los párrocos más antiguos recordaron con alegría la fe de aquel humilde anciano y en honor a su fe y su alegría por compartir, decidieron que la nueva parroquia se edificará en lo que había sido la casa del buen cristinano que creía en los milagros.

La vida nos da muestras que la amistad y el respeto al otro siempre es algo grandioso, a partir de ahí podemos cambiar nuestra forma de ser y seguir siendo quienes somos.