El aparecido que trajo el viento

“Alguien se posara en el alma del viento y te llevará mensajes que te harán pensar en lo complejo de la vida y sus formas de convivencia”

El Mensajero

Por Ariadne Gallardo Figueroa.

Muy alejados de la costa los 8 náufragos comenzarona enfrentarse a las inclemencias del clima y de los moscos, encontraron un árbol de guayabas y Evaristo que era conocedor de sus cualidades junto frutos y hojas para llevarlas consigo, maceradas y hervidas resultaban un gran remedio y los otros 7 descubrieron sus beneficios y alivio contra las picaduras de mosquitos y al mismo tiempo las hojas trituradas aliviaban sus pesares y gases estomacales.

Zila le dijo al grupo:

-Ya podemos saber cual de todos nosotros es el que se tira los pedos más ruidosos, esa hierba hace un buen trabajo amigo Evaristo, estoy muy agradecido.

Todos se rieron y Santiago entre risas y carcajadas señaló:

-Si este menjurje lo hubiéramos tenido en las embarcaciones otra cosa habría sido, hasta el mal carácter de la tripulación habría cambiado, ayudemos guardando hojas de ese árbol entre todos, así no nos hará falta en lo que nos resta de camino.

Cada uno junto hojas del árbol y Zila les dijo:

-Debemos agradecer al árbol sus bondades, cada quien a su modo, pero es algo que debemos hacer para que su espíritu nos acompañe.

De esa forma los 4 hombres católicos se persignaron ante el bondadoso y curativo árbol y le ofrendaron una oración y los otros hicieron lo propio en sus lenguas nativas y con los ademanes que les habían sido enseñados.

El viento jugó entre las ramas del guayabo y de esa forma ellos comprendieron que su arrullo y su canto entre pájaros y susurros de ramas les daría paz y algo de alivio, cuentan los más ancianos que ese árbol hasta la fecha sigue vivo y rodeado de otros que crecieron gracias a las semillas que los hombres dejaron en el suelo aquella especial ocasión, Pero como ya saben en esta  historia pocas cosas pueden considerarse literalmente ciertas. Al menos que hayas estado ahí como el mensajero de quien ahora sabemos más.

Llegó la noche y juntos se volvieron a agrupar alrededor de una fogata para contar historias que pertenecían a las vivencias que ellos habían tenido y algunos detalles que posiblemente le pondrían de su imaginación para hacer divertida la noche.

Esta vez le tocó a Santiago contar su relato al cual titulo:

El aparecido que trajo el viento y la historia los mantuvo despiertos y atentos de cada detalle que el hombre les relató:

Bien les diré que yo estaba en una comarca, de la cual nunca supe el nombre fueron pocas las horas que me pude quedar en ese sitio, el viento era muy fuerte y calaba los huesos, así que entré a un lugar para beber vino caliente, a lo lejos se escuchaban los truenos y los demás me preguntaron que qué clase de vientos me habían llevado hasta ellos.

Por aquellos tiempo yo había escapado de una mazmorra, fui a dar en ella por pelar a espadazos con otro rufián todo por una mujer que era hermosa y coqueta, mi vida pendía de un hilo, no tenía cómo defenderse y podría ir con toda mi miseria a la horca, pero sucedió algo sorprendente: A la media noche ella llegó con un envoltorio de pólvora y me dijo detrás de las rejas:

-Santiago eres un hombre bueno y sincero. Ahora, yo te traigo tu libertad, pon este polvo en el candado y enciende la mecha, allá afuera te espera un caballo, huye lo más lejos que puedas y recuerda por siempre mis ardientes besos que en verdad fueron sinceros.  

Santiago, reflexivo y con melancólica mirada relató ese desdichado momento a los hombres de la taberna de la misma forma que ahora lo hacía con los que le escuchaban en torno a la hoguera.

Entonces emulando a su compañero Evaristo, lanzó un poco de tierra a la hoguera para provocar el chisporroteo y siguió con el relato:

-A cada hombre que le conté en aquella taberna mi historia les resultó interesante y uno de ellos se acercó a mí levantando su dedo índice y me dijo con gran seriedad:

-Santiago, esa mujer debe haberte amado en verdad para arriesgarse y perder el caballo de no sabemos quien,  dudo que ella haya sido dueña de alguno.

Santiago se levantó y con además de sorpresa les advirtió a sus compañeros:

-Algo mágico sucedió cuando llegue hasta ese pueblo y esa taberna; amarré al árbol que tenía más cercano al caballo que con diligencia y rapidez me había llevado hasta ese lugar, pero el viento era fuerte y no cesaba y entre las ramas escuché un silbido, no le hice caso, solamente seguí hasta el lugar donde me iba a guarecer.

De pronto el caballo se abrió paso entre los hombres y me instó de alguna forma a montarlo para seguir camino.

Los hombres de la taberna me miraron sorprendidos ya que todos ellos vieron cuando yo mismo le amarré al árbol; aquel que me había señalado con el dedo apuntó con seriedad:

-Amigo, debes marcharte, el alma de esa mujer está en el caballo y ella sabe donde serás libre y por lo visto no está entre nosotros, anda.

Santiago continúo relatando:

-Los demás hombres me entregaron unos panes y algo de vino en una alforja y desde lejos se despidieron de mí como quien había visto a un aparecido traído por el viento.

El caballo me dejó en la costa y se encaminó de regreso, supongo que a regresarle el alma a aquella apasionada mujer que me salvó la vida.

Todos los reunidos ante la hoguera se sintieron sorprendidos por el relato y convencidos que el alma de un amor puede hacer milagros y cambiarnos la vida para siempre.

Hay historias que se cuentan entre amigos y otras que solo dirás a los seres que quieres, como sea son vivencia que debes creer tal como han sido dichas.

Notas de la autora:

Fotografías de Ariadne Gallardo Figueroa “Las ramas del guayabo”

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