El secreto mejor guardado

Dagny que aparentemente no se enteraba de nada, pero en realidad estaba en cada detalle de la vida de su familia, le dió un codazo a su pareja y le dijo con alegría:

—  “¡Lus reddede hende!” (Los piojos la salvaron)

La pareja sonrió alegre y Nydam la abrazó y le dijo al oído:

— Eres la mujer más astuta de toda la comarca, te amo.

En otro sitio del mundo también vamos a reconocer la astucia de dos de las hermanas del Maestro, sí en definitiva les voy a dejar imaginar por que sembró piojos en la cabeza de su hermana Dayni, posiblemente para muchos de ustedes no sea del todo claro. No importa vamos a lo que hoy reconocemos como Polonia, al sitio que recorren Ave y Estrella.

Con agilidad descendieron el montículo con arbustos desde el cual recibieron los mensajes de los cuervos de Odín, hasta la vera del camino donde era fácil encontrarse en aparente casualidad al comerciante.

Observaron cómo el hombre de edad madura salía de aquel portón de la fortaleza con desánimo y evidente malhumor, Estrella clavó su talón contra una piedra y empezó a cojear, Ave se puso un poco detrás de ella  para que se notara la dificultad de su hermana para caminar, entonces levantó su mano para que el hombre se detuviera:

No somos libres de elegir otro castillo, no somos libres, señaló el mercader

— ¡Por favor buen hombre, ayúdenos a llegar al pueblo, pronto caerá la noche y tenemos que encontrar donde dormir, no conocemos el lugar, nos puede ayudar!

— El hombre en realidad entendí la mitad de lo que dijeron fue más lo que vio lo que le animó a ayudarlas. Ave mezclaba dialectos e idiomas y los enlazaba con rítmicos acentos para hacerse entender como quien hace cantar a un pájaro y el sonido deleita, aún cuando no sabes lo que dice.

Una vez puestas en el carro, ahora vacío de toda las mercancías que dejó  el comerciante en la fortaleza, Estrella le dio las gracias y envolvió en un trozo de su falda su pie herido.

Como buen mercader el varón se dio cuenta que eran celtas, los comerciantes tenían la habilidad de hablar otros dialectos e idiomas, de esa forma se les facilitaba hacer tratos con algunos herreros, campesinos y siervos de otros feudos cercanos. Entonces les dijo:

— Pueden quedarse en mi casa esta noche, mi mujer entenderá. Hay grupos de su raza que igual que ustedes han huido de los enfrentamientos, la vida se ha puesto difícil, no solo para ustedes.

Ave se alentó a preguntarle por que había salido molesto de la fortaleza y señaló su buen gesto alimentando a los cuervos, a lo que el hombre contestó con una mueca de irritación:

— Ah! Esos pobres animales, tenían días en ese muro, tal vez usted sepa más la razón… yo prefiero invitarlos de mi cosecha antes de dejarla con los buitres de allá adentro.

Rió sarcásticamente y agregó:

— El Señor se comprometió a defendernos, cuidar de la vida de todos nosotros, pero a cambio cada vez pide más alimentos y herramientas, ahora se están preparando para una guerra y como vasallos debemos acompañarlo en combate, pero… ¿Ya se imaginan quienes van al frente de la matanza?

Claro la servidumbre los campesinos y ahora resulta que no hay yelmos para nosotros por que no le damos lo suficiente y han puesto un diezmo que nunca le alcanza para nada.

Estrella miró a su hermana desalentada y sus mentes se iluminaron como con un rayo enviado por Thor. Ambas comprendieron cuál era su labor con la mujer con el ovillo de lana, no era ella la que les mostraría nada, ellas le enseñaron  lo que en el camino estaban aprendiendo.

Entonces se animó a preguntarle al mercader:

— ¿Hay forma de que hagan lo que algunos de nuestro pueblo, poner pies en polvorosa, alejarse de este sitio?

El hombre la miró con gran melancolía y moviendo de forma negativa su cabeza, apretó los labios y exclamó:

— No somos libres de elegir otro castillo, no somos libres, observa aquellas montañas que se ven a la distancia, hasta allá el Señor es dueño de la tierra, y si te acercas más allá de esas montañas el otro feudo, no te acepta, o te mata y entrega al de éste lado tu cabeza en señal de:

 “Estos traidores ya no querían labrar tus tierras, o ¿Los enviaste a espiarme?”

Ave le agradeció lo que les había confiado, hubo un silencio incómodo que ninguno de los que viajaban bajo esa desolación pudo romper.

La vida imponía reglas y nuevas doctrinas, creencias que se harían valer donde el convencimiento o el libre albedrío no tenía nada que hacer.

Photo by Maria Orlova on Pexels.com