Amin: Todo escritor es un alquimista

Sierpe que ahora se había convertido en Sie, viajaba hacia Oriente, intentando escribir en su idioma rúnico lo que percibía y le estaba costando un inmenso trabajo entender aquellos parajes bajo la lengua de los seres que viajaban en la caravana, de lo rúnico al árabe había una brecha enorme.

En su frustración  el enojo  se apoderó  de ella aquella noche, cuando Amin intentó abrazarla ella entre sollozos comenzó a golpearlo con fuerza en el torso y gritó:

— No puedo más esto no es fácil, no se que aventura es esta si no comprendo todo cuanto veo, escucho y siento.

Amin la abrazó más fuerte, la rodeó con sus brazos y acarició su piel con ternura, sin importarle que ella deseara zafarse para seguir golpeando con su delicado cuerpo al hombre que otras veces amaba y besaba  con tanta pasión y ternura. Entonces le preguntó:

Todo aquel que se asombra con aquello que descubre y decide indagar su valor, es un alquimista en potencia.

— ¿Sabes que todo escritor es un alquimista?

— ¿Alquimista? Nunca conocí a ninguno, recuerdo que Sol se internaba en ocasiones a lo profundo del bosque y cuando regresaba nos respondía que había visitado al Alquimista, pero él nunca fue a vernos, pese a que el Maestro le decía: 

“Trae a ese a casa, no me gusta que seas tú quien tenga que ir a verlo, es peligroso”

Sol solo negaba con la mirada y permanecía callada por horas, así que no tengo idea de quien sea.

Amin la abrazó con fuerza y señaló que no era fácil conocerlo, pero que él explicaría lo que llevaba a una persona que se asombra de la vida, tratando de explicar cómo lo hace un alquimista. Acarició su pelo de azabache y plata y la invitó a sentarse a su lado para comenzar este apasionante relato:

— El alquimista transforma la propia vida, cuando ante él se presenta una dura piedra, oscura y fría, la rodea, analiza, cautiva y enamora, coloca en ella artilugios y pócimas diversas, lo vuelve a hacer. La envuelve en mágicos ropajes, hasta conseguir que la roca muestre una diminuta fisura.

La realidad es lo mismo, te muestra algo impredecible, duro al entendimiento, no te deja otra alternativa que colocarla ahí, en medio de tu propia historia  y rodearla, danzar junto a ella, cubrirla de tus sonrisas y encantos, no abandonar, tratar de explicarte que sucede dentro de ella.

Llega entonces el momento que su dureza se quiebra, se fisura y puedes entrar para descubrir si en ella hay o no la nobleza de una piedra preciosa o sólo es un terrón inerte, ígneo.

Ahí no termina el trabajo del alquimista, él debe ir  más lejos, penetrar la fisura con entereza, colocando diversos humores dentro de ella hasta lograr que el siniestro tono oscuro se transforme en una cristalina roca brillante, solo entonces podrá mirar a través de ella, aumentar su capacidad de entendimiento y seguir descubriendo en sus transparencias aquello de noble y etéreo que pueda la roca mostrarle.

De igual manera es la realidad para el que escribe e indaga en cada detalle los misterios de la vida, si no cede en su intento, logrará que ésta le muestre todo su encanto y lucidez; su capacidad de asombro envolverá sus días y cada hora será preciosa para reconocerse en lo que antes solamente era una ruda e impenetrable roca oscura.

Sie, lo miró sorprendida y señaló:

— Mis palabras y mis actos, ahora son oscuros y rudos, inentendibles para los otros y para mi misma.

— Así es amada mía, pero tu tenacidad y entrega apasionada en todo lo que haces, tendrá frutos. Deja que te cuente la parte más maravillosa de ese trozo de piedra que trabaja con esmero el alquimista.

Una vez que el alquimista logra encontrar los ingredientes que fueron capaces de tal transformación, vierte una sustancia desconocida para los otros mortales, algo que está hecho del material mismo de la vida y de esa forma enciende el blanco brillante a un apasionado tono rojo translúcido, al que nombra con palabras que sólo él sabe escribir, son únicas y lo hacen especial entre los otros.

Sucede lo mismo con el que escribe y en su trabajo constante termina descubriendo su razón de vivir, al colocar la esencia misma de su experiencia en lo que hace, solo entonces lo transforma en arte.

Sie, lo miró con asombro y en tono firme apuntó:

— Solamente dejará su arte al momento que la vida misma apague su fuerza y brillo, pues todo lo que con pasión se hace definitivamente es una constante entrega.

Sie y Amin se miraron sonrientes y reconocieron que la belleza de todo cuanto les rodeaba en ese momento de sus vidas cobraba sentido.

Composición fotográfica de la autora, Ariadne Gallardo Figueroa: “La tenacidad del alquimista”

Publicado por

Ariadne Gallardo Figueroa

Estar en el momento del comentario y poder reaccionar es parte del encanto de escribir, indagar lo caminos de diferentes versiones y motivar a la lectura, es el regalo de todo el que escribe

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